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Carta abierta a S.A.R. el Príncipe de Asturias

 
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CarlosM
Aprendiz


Registrado: 08 Ago 2007
Mensajes: 54




MensajePublicado: Jue Ene 31, 2013 7:04 pm    Asunto: Carta abierta a S.A.R. el Príncipe de Asturias Responder citando



Ante el deplorable, lamentable, estado con el que en estos días se nos aparece la dinastía que hoy encarna a la Monarquía española por los errores de muchas de sus personas, y aprovechando el reciente cuadragésimo quinto aniversario del feliz nacimiento del Príncipe de Asturias, me siento en la obligación de dirigirme a él para presentarle públicamente —particularmente ya lo conoce: debe de conocerlo siendo su autor uno de los principales filósofos que han tratado de la Monarquía como mejor forma de gobierno— el tercer capítulo del libro segundo de la obra del padre Juan de Mariana, Del Rey y de la institución real, que se titula De la primera educación del príncipe.

Preparando, como se sabe, la edición digital íntegra de la obra (cuyo primer libro ya está publicado en Conceptos Esparcidos y en Scribd) he venido a dar con este capítulo que creo pintiparado ante las circunstancias presentes.

En él podemos leer y parar a reflexionar, tanto su Alteza Real como todos nosotros, acerca del grandísimo peligro que entraña la dejación del príncipe de sus graves responsabilidades. Pero, al mismo tiempo, este mismo capítulo, mostrándonos que los graves hechos que hoy manchan a la Casa Real española ni son nuevos ni carecen de remedio, nos da la esperanza de su regeneración siempre y cuando todos, del Rey abajo —todos—, comprendamos el verdadero fundamento y justificación de la Monarquía, el supremo valor que tiene para nuestra nación y la esperanza que debe de entrañar para la regeneración de nuestra patria, y siempre que personas que hoy encarnan la Casa que hoy ciñe su corona no se dejen llevar por comportamientos, no ya ilícitos —que esto no hay ni que explicarlo—, sino, ni siquiera, por modas, albures de los tiempos, complacencias con ideologías tan triunfadoras en lo coyuntural como pobres en lo moral e imperecedero, o transigencias con aquello con lo que la mera razón de su existencia no debe de transigir.

Quienes estas reflexiones mías siguen conocen bien mi adscripción a la causa carlista frente a la dinastía cristina. Creo firmemente que la nación española se equivocó al elegir a la dinastía actual frente a la de don Carlos V. Sin embargo, siendo la Historia como ha sido y correspondiendo hoy —en lo legal— la corona de España a don Juan Carlos I y su herencia a S.A.R. el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, pido a éste encarecidamente que vuelva a leer la obra del padre Mariana como le pido que preste alguna atención al nobilísimo comportamiento de sus primos de la rama carlista y, muy en especial, al Testamento Político de S.M.C. don Carlos VII —también publicado en estas páginas—, frente a la transigencia y “espantadas” de la rama a la que él pertenece y frente a su complacencia con los enemigos de la verdadera Monarquía.

Siguiendo la misma eterna línea de pensamiento con la que el padre Mariana nos enseña cuán severa debe de ser la educación del príncipe, don Carlos VII nos dijo:

Cita:
Gobernar no es transigir,


y, de la misma forma, lo reiteró el General Franco, reinstaurador de la Corona que, con la gracia de Dios, S.A.R. ceñirá en su día:

Cita:
Las clases llamadas a la noble función de magisterio o de ejemplaridad social, ante la tentación del esnobismo político, de modernismos ideológicos o de la popularidad mal entendida, de la ambición desmedida o del resentimiento, han vuelto la espalda a la única tarea que precisamente justificaba su preeminencia. Débiles morales, prefirieron navegar a favor de la corriente antes que asumir las responsabilidades del siempre duro, arriesgado y difícil ejercicio de la auténtica capitanía.


***


Alteza Real:

he de decir a S.A.R. que la verdadera corrupción no radica en si tal o cual comportamiento de tal o cual miembro de la Familia Real ha hecho esto o lo otro: la verdadera corrupción de la institución que S.A.R. está llamado a encarnar radica en el olvido de estas ideas.

Todo lo demás que está sucediendo en nuestros días, si estas ideas estuvieran gravadas a fuego en nuestras almas, sería condenable, sí, pero no catastrófico pues, como ya dijo Muñoz Seca:

Cita:
Nunca ha de faltar un noble
Que robe más de la cuenta.


La verdadera corrupción de la Monarquía nace del abandono que su tatararbuela, doña Isabel II, hizo de la institución y que la transformó en un elemento más, decorativo, del régimen liberal partidista. Régimen seguramente inevitable en los días en los que nos ha tocado vivir pero del que sería de desear que la Monarquía guardara alguna distancia.

Al revés, confundiéndose entusiásticamente con él y ora al grito implícito de “marchemos todos y yo el primero por la senda ‘liberal’”, ora haciendo la ola con un equipo de balonmano para afectar simpatía ante el pueblo ¿qué de extraño tiene que la pequeñez partidista haya llegado a salpicar a la Corona por mucho que su única razón de ser debiera ser que no la salpicaran estas mezquindades partidistas e interesadas?

Los partidos luchan por su interés partidista. Los miembros de los partidos, demasiadas veces, luchan por su interés personal. Confundida la Corona con ellos, olvidada de que es mucho más antigua y mejor que esta forma de gobierno coyuntural; olvidada de que su única razón de ser no es el medro personal de nadie, sino el bien común ¿qué mucho que la corrupción del régimen partidista liberal haya llegado hasta los pies del trono?

***


Hasta aquí la presentación de este escrito.

Leamos ahora, señor, las reflexiones del padre Mariana al respecto:

Cita:
CAPÍTULO III
De la primera educación del príncipe.

Hemos hablado ya de lo relativo a la nutrición y primera enseñanza de los hijos. Nada debemos añadir con respecto al que ha de ser un día príncipe, pues las mismas cosas indican que se ha de desplegar el mayor celo para que faltas nacidas de pequeños principios no vengan a resultar en daño general de la república. Está pues colocado el príncipe en la cumbre de las sociedades para que aparezca como una especie de deidad, como un héroe bajado del cielo, superior a la naturaleza de los demás mortales. Para aumentar su majestad y conciliarle el respeto de sus súbditos está casi siempre rodeado de lujo y de aparato, contribuyendo no poco a deslumbrar los ojos del pueblo y a contenerle en el círculo de los deberes sociales, por una parte sus vestidos de púrpura bordados de oro y pedrería, por otra la soberbia estructura de su palacio, por otra el gran número de sus cortesanos y sus guardias. Aprobamos como prudente y racional esta medida; mas creemos que a todo este fausto y pompa ha de añadírseles el esplendor y brillo de todas las virtudes, tales como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, como también el que dan las letras y el cultivo del ingenio, con los cuales se concilia también mucho la veneración de los ciudadanos. Es preciso cultivar con solicitud el campo de que ha de vivir más tarde todo el pueblo, es decir, el ánimo de los príncipes que han de aparecer a nuestros ojos contemplando desde muy alto todas las clases del Estado y mirando sin distinción por todas, por la alta, por la baja, por la media. Es preciso cuidar mucho la cabeza sino se quiere que bajen de ella malos humores y se inficione con ellos lo demás del cuerpo; en la sociedad, como en los individuos, son graves las enfermedades que derivan de tan grave miembro.

Sería a la verdad de desear que aventajase el príncipe a todos sus súbditos, así en las prendas del alma como las del cuerpo, corriendo al par de su elevación sus brillantes cualidades, para que pudiese con ellas granjearse el amor del pueblo, que vale indudablemente más que el miedo. Sería de desear que respirase autoridad su figura, que ya en su semblante y en sus ojos brillase cierta gravedad, mezclada con una singular benevolencia, que fuese de nobles y aventajadas formas, alto y robusto de cuerpo, perspicaz, dispuesto para atar los ánimos de todos con los vínculos de su mismo favor y de su gracia. Pero deseo y fortuna son éstos dados por el cielo más bien que procurados por la prudencia de los hombres, principalmente siendo la monarquía, como es entre nosotros, hereditaria y debiendo tomar por rey al que tal vez fue engendrado infelizmente por sus padres. Contribuiría, sin embargo, a que se evitara este peligro que se escogiesen siempre para mujeres de los príncipes mujeres dotadas de grandes facultades, nobles, hermosas, modestas y en lo posible ricas, mujeres en cuyas costumbres no hubiese nada de vil ni bajo, mujeres en que a su belleza física y a las virtudes de sus antepasados correspondiese la grandeza de sus almas, pues no es de poca monta que reúnan excelentes cualidades las que han de ser madres de hombres destinados a mandar a todos y a procurar la felicidad o la infelicidad de todos y de cada uno de los ciudadanos. Mucho puede adelantarse, por otra parte, si se hace todo lo posible para que aumenten las virtudes dadas por la naturaleza, se disminuyan los vicios existentes, y se ilustre y adorne la vida del futuro príncipe. Síganse los avisos de la naturaleza que dio dos pechos a las reinas como a las demás mujeres y se los llena en los días próximos al parto para que los hijos sustentados con la leche de sus madres salgan mejores y mucho más robustos. Mas, puesto que creció ya tanto en nosotros el amor a los deleites, que apenas hay mujer de mediana fortuna que quiera tomarse el trabajo de alimentar a sus hijos, hemos de alcanzar cuando menos que se tomen todas las precauciones posibles al elegir las nodrizas y no se las tome para favorecer la ambición de nadie, como en el siglo pasado sucedió en Portugal, donde se confió la nutrición y la educación de un príncipe a la querida de un obispo que gozaba de mucha influencia en aquel reino: torpeza grave y lastimosa, llevada a cabo por los esfuerzos del prelado y la infame condescendencia de los que podían evitarlo. Cuál fuese el resultado, no hay para qué referirlo; baste decir que excedió las mayores esperanzas. Nos da vergüenza hasta publicar los nombres de los que intervinieron en tan fatal negocio. En nuestros tiempos ha corrido la voz, no sé si verdadera o falsamente, que otro príncipe en quien estaban puestas las esperanzas de un reino vastísimo padeció en sus primeros años, por causa de su nodriza, contagiada de malísimos humores, de grandes y deformes llagas: incuria a la verdad vergonzosa y detestable, si no hubiese muchas cosas que no pueden ser previstas por los hombres.

Procúrese, como es consiguiente, que no se escape nunca de la boca de la nodriza una sola palabra obscena ni lasciva, a fin de que por quedar impresa eternamente en el ánimo del niño, no se destruya desde un principio su pudor, cosa que no hay para qué decir si sería o no perniciosa. Por este medio se extingue todo el amor a la dignidad y a la honestidad, se sueltan los frenos al placer, se corrompen para toda la vida las costumbres. Procúrese además que, a medida que vaya el príncipe creciendo, reciba los preceptos con que pueda llegar a ser un gran rey, y la fuerza de su autoridad corresponda a la grandeza de su imperio. Elíjase entre todos los ciudadanos un buen ayo, un maestro notable por su prudencia, y famoso por su erudición y por virtudes, con que pueda el príncipe llegar a aparecer perfecto. Esté sobre todo exento éste de todo vicio para que con el frecuente roce no se trasmitan sus deseos al alumno y le queden para toda la vida, como sucedió con Alejandro, rey de Macedonia, cuyos vicios que había recibido de su profesor Leónides, no se pudieron extinguir ni curar en sus más gloriosos días.

Mas no basta un solo maestro, se dirá tal vez; en muchas cosas ha de entender el príncipe que no será fácil que aprenda si no se le enseña en los primeros años de la infancia. Ha de administrar justicia al pueblo, nombrar magistrados, resolver negocios de paz y de guerra, hablar y juzgar de muchas cosas que a cada paso ocurren en la gobernación de un reino. No es común que uno solo sobresalga en todas las ciencias de donde se han de tomar tan diversos conocimientos; y es a la verdad muy poco para un maestro del príncipe haberlas sólo tocado por la superficie y permanecer en una humilde medianía. Enseñará los elementos de cada arte el que fuere más profundo en ella; lo que sucede en la enseñanza de la lengua latina sucede en la de las demás artes liberales.

Mas, teniendo ya por base la latinidad y conociendo algún tanto las ciencias que se rozan con este estudio, ¿qué puede impedir al príncipe que oiga varones entendidos para administrar los negocios de la paz y de la guerra? Por instruido que esté, por grande que sea su ingenio, necesitará siempre de las luces de estos hombres, y será hasta saludable que use de consejo ajeno. No nos disgusta, sin embargo, la institución de los persas que confiaban a cuatro varones principales la instrucción del príncipe para que cada cual le enseñase con acierto el arte en que más se aventajase; el primero le instruyese en la literatura, el segundo en las leyes patrias, el tercero en las ceremonias y ritos religiosos, el cuarto en el arte de la guerra, en que tanto descansa la fuerza y la salud de la república. Entre nosotros, el padre suele designar para la educación del príncipe dos de sus mejores grandes, los más señalados por su honradez y por su prudencia, uno para la enseñanza, tan grave ya por su edad como por la fama de sus conocimientos, otro para que modere y temple las acciones del alumno, varón que no ha de desconocer lo que exigen las costumbres. Mas ¿qué importa el número con tal que entiendan esos preceptores que es gravísimo y principal el cargo que les han confiado y estén bien convencidos de que para llenarlo debidamente han de trabajar de día y noche? Cuentan que Policleto, un escultor de fama, publicó un libro sobre su arte, a que dio el título de Canon, es decir, de regla; que en este libro explicó con mucha detención todo lo que ha de observarse en hacer una estatua, cuál debe ser la figura de cada una de sus partes, cuál la actitud y la postura; y que al mismo tiempo expuso al público una obra suya, que llamó también Canon por haber seguido en ella escrupulosamente todos los preceptos que tenía dados. Quisiera yo que siguiesen esta costumbre los preceptores de los príncipes, que ya que no se aventajasen mucho en escribir el libro, procurasen con los actos de su vida fijar en el ánimo de su alumno para irle formando todas las reglas de la virtud y del saber que nos han sido dadas por los grandes filósofos. Deben, ante todo, para que sea acertada la educación, alejar del palacio todo ejemplo de perversidad y de torpeza, cerrar puertas y echar cerrojos a todo género de vicios. No permitan que estén con el príncipe jóvenes sin pudor y sin vergüenza, para que la imagen de la liviandad no corrompa y destruya en un momento con el dañado soplo de su boca las virtudes arraigadas ya de mucho tiempo en su ánimo. Solicitan aquellos de una manera infame los honores y las riquezas; son aduladores, vanos, enemigos de la salud pública, contra la cual están sin cesar tendiendo asechanzas, y los hay por desgracia en gran número alentados por la excesiva prosperidad de muchos. ¿Cuántas fortunas, cuántos señoríos no vemos creados y fundados por hombres que, dejando a un lado todo pudor, se prestaron en distintas épocas a ser instrumentos de las maldades de los príncipes? No deberían sus nombres pasar siquiera a la posteridad; debería obligarse a sus descendientes y cognados a que los trocaran por otros más honrosos. Muchas veces, sin embargo, han caído también esos hombres y sido derribados en muy breve tiempo a la última miseria. Llega día en que el rey o se arrepiente de tenerles a su lado, o se sacia ya de verles; mengua entonces el favor, y se convierte al fin en odio, pues aquel empieza a mirarles como censores importunos, el pueblo como corruptores y malvados.

Procuren luego cultivar el ánimo del príncipe con verdaderas virtudes e instruirle, si es posible, con blandas palabras, que es el mejor sistema de enseñanza, con severidad, si es necesario. Repréndanle, y si no bastare la reprensión, castíguenle, no sea que por la indulgencia de sus preceptores se deprave su buena índole o se robustezcan en él los vicios naturales. Al león, animal fiero y cruel, ni se le ha de gobernar con continuos golpes ni halagar con frecuentes caricias; es preciso mezclar a las amenazas los halagos para que se amanse, procurar que ni con los golpes se encrudezca su fiereza ni se ensoberbezca con las caricias, cosas todas que han de hacerle de todo punto intratable. Examínese atentamente el carácter del príncipe, obsérvese qué cosas más le aguijonean y le mueven, y empléense siempre las que hayan de surtir mejor efecto. Si no le mueven las palabras y sí el freno, si necesita para andar de que se le apliquen las espuelas, apélese a estos medios: combátasele la cortedad si es demasiado corto, cúresele de su impudencia si impudente, y diríjanse siempre dondequiera que puedan contrariar sus vicios. Amonéstenle, mándenle, repréndanle, castíguenle de vez en cuando, resistan a sus inmoderados deseos, esmérense, por fin, en que no salga ni insolente ni tenaz, cualidades de que podrían ocasionarse graves perjuicios, así para él como para sus mismos súbditos. El gran Teodosio llamó a Roma a Arsenio para que se encargara de instruir a sus hijos, y le dijo terminantemente que les castigase siempre que lo creyese oportuno y no tolerase nunca la menor falta de sus hijos. ¡Varón grande y digno de gobernar el mundo! En todas las épocas encontramos profesores de príncipes que han adoptado un sistema contrario, ya por temor de exacerbarles, ya por el deseo de granjearse su amor con una injusta y fatal condescendencia. En Roma sucedió con Séneca, a pesar de ser un gran filósofo; en Castilla con Alonso de Alburquerque, que por haber sido profesor de Pedro el Cruel, puede quizás ser acusado de haber aumentado con una mala educación los vicios que había dado a éste la naturaleza, vicios a que sin duda se añadieron después otros. La prueba de la falta de entrambos está en que fue cada cual el privado de su respectivo príncipe, y tuvo gran mano en todos los negocios, y acumuló riquezas inmensas, no sin excitar la envidia y la maledicencia de los demás que sospechaban que con perjuicio del pueblo, y solo condescendiendo habían alcanzado aquella gran fortuna; mal ciertamente grave, no sólo para el Estado, sino también para sus autores, pues las riquezas recogidas del crimen no suelen ser ni duraderas ni propias. Séneca murió a manos de Nerón, y este fue el pago que obtuvo de sus lecciones, pago impío y cruel, ¿quién lo niega? pero tal vez debido a la débil educación que dio a su alumno y a que el favor adquirido por este medio tuvo que trocarse al fin en odio. Alonso de Alburquerque se vio obligado a huir para salvar la vida, no siendo más feliz que el otro sino en que cuando menos murió en el mismo momento en que estaba preparándose a la venganza con las armas en la mano y el apoyo de otros próceres del reino, y no fue enterrado como había prevenido en su testamento, sino después de haber sido preso el Rey en la ciudad de Toro por el esfuerzo y la solicitud de sus ardientes partidarios. Ya que tenía parte de culpa en el mal, no quiso descansar en su sepulcro sin que antes se hubiese impedido a Pedro el Cruel que siguiera causando tan terribles daños.

Enséñesele al fin a no hacerse esclavo de la liviandad, de la avaricia ni de la fiereza, a no despreciar las leyes, a no imponer con el terror a sus súbditos, a no considerar como fruto natural del gobierno los placeres, a guardarse del estupro y del incesto, que podrán servir para él, pero que serán para los demás motivo de horror y de vergüenza. Amonéstesele a que siga todas las virtudes dignas de un rey; explíquesele en qué consiste ser príncipe y en qué consisten sus deberes. El rey pues, si es verdaderamente digno de este nombre, obedece a las leyes divinas, toma por guía la razón, hace igual para todos el derecho, reprime la liviandad, aborrece la maldad y el fraude, mide por la utilidad pública y no por sus antojos el poder que ha recibido, se esfuerza en aventajar a todos por su honradez y sus costumbres a proporción de lo que es mayor en autoridad y riqueza, no retrocede ante ningún peligro, no perdona medio para salvar la patria, es fuerte e impetuoso en la guerra, templado en la paz; no siente latir el corazón sino por la felicidad de los pueblos, a los cuales procura sin cesar todo género de bienes. Amparado así por la gracia de Dios, ensalzado universalmente por sus virtudes, se granjea la voluntad de todos, y viene a ser un cabal modelo de la majestad antigua, no pareciendo sino que es un hombre bajado del cielo para gobernar la tierra. Con ese amor y esa fama adquiridos entre sus mismos súbditos asegurará mucho más su imperio que con la fuerza y con las armas; lo hará fausto para sus ciudadanos y eterno para sus descendientes, lo dejará fuerte contra todo embate exterior, procurará que no puedan con él ni el fraude ni las asechanzas de los próceres del reino. Esto es lo que se nos ha ocurrido decir sobre la educación del rey en general; vamos ahora a examinarla en cada una de sus partes.

***



Imbuido S.A.R. de la concepción de la Monarquía en estos términos, únicos en los que puede concebirse, y conocidas tanto las dotes personales de S.A.R. como su educación, la esperanza del renacimiento y regeneración de la verdadera Monarquía española, adaptada a los tiempos sin melindres ni dejaciones en lo fundamental, es más que plausible. Sin ellas, tal Monarquía no será sino “cáscara vacía a la que ni un pelotón de alabarderos se aprestará a defender”

Besa las manos de S.A.R.

Carlos Muñoz-Caravaca Ortega
31 de enero de 2013, festividad de san Juan Bosco

Vínculo:

Del Rey y de la institución real. Libro primero. Juan de Mariana. Conceptos Esparcidos.[veoh][url][/url][/veoh]

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